A Olivia el corazón le late como un tambor, espera en la fila junto a sus compañeros de clase, preparada y dispuesta a aventurarse en un mundo desconocido para ella. Poco sabe de los íberos, a ella ese término le suena más a embutido que a historia, y la verdad es que poco le importa. Lo que de verdad le emociona y le pone el corazón a mil es la aventura, salir del colegio y montarse en un autobús con un destino lejano e incierto.
No presta demasiada atención a las indicaciones de sus profesores, no puede apartar la mirada de la ventana del autobús. Escucha algo de una ciudad milenaria y de un legado con más de dos mil años de historia. Al bajar del autobús comienza el viaje, resulta que los íberos son sus antepasados y que eligieron aquel lugar, Puente Tablas, para edificar una ciudad amurallada que recibe el nombre de Oppidum, y que queda no muy lejos de donde está el chalé de sus abuelos.
Las niñas y niños de aquel entonces también ayudaron a construir aquella ciudad, y cargaron algunas de las piedras que conforman el extenso muro que rodea todo el poblado. A Olivia le gusta imaginar que muchas de esas piedras que llevan tanto tiempo ahí ubicadas fueron colocadas por niñas como ella.
Activando la imaginación para revivir el pasado
Alfonso, el guía que los acompaña, les dice que deben usar la imaginación para recrear como era la vida en ese mágico lugar. Olivia decide intentarlo. Caminan entre los restos del antiguo Oppidum, las casa en las que vivían las familias le parecen muy pequeñas. Sosimilos, un íbero que ha venido desde el pasado para acompañarlos, les dice que antes eran muy bajitos y que los íberos se dedicaban principalmente al cultivo, la cría de animales, los ritos a las divinidades y, a veces, la guerra.
En el centro del Oppidum hay una estela de piedra que representaba a una de las diosas más importantes de la cultura íbera, la Diosa del Sol, a quien le hacían numerosas ofrendas para tener tierra fértil, lluvia y todo lo que necesitaban de la naturaleza para poder cosechar el alimento. Allí conocen a Belsadin, una antigua sacerdotisa que los anima a participar en un extraño ritual, muy parecido a los que allí se hacían hace más dos mil años. Olivia decide cerrar los ojos y estrechar el débil vínculo que la une a esa cultura tan remota y sin embargo tan cercana.
En el centro de visitantes puede ver mejor cómo eran las casas de los íberos por dentro, los utensilios que usaban para cocinar, las armas que utilizaban para pelear, cómo vestían y cómo vivían. Cómo le gustaría hacerse con una falcata. Poco antes de volver a montarse en el autobús Olivia echa una última mirada al muro del Oppidum, como si sintiera una extraña llamada.
La próxima parada es el Museo Íbero. Allí hacen un pequeño descanso para comerse el bocadillo. Sus compañeros están tan emocionados como ella y no paran de hablar de rituales y de guerras, y de un pasado inexplicablemente cercano. El museo está repleto de piezas, juegos e historias, ahora es más fácil comprenderlos. Allí puede ver un maqueta del mismo Oppidum que acaban de visitar, no es muy distinto de como se lo había imaginado.
Un mundo de leyenda y de magia
Le encantan los exvotos de bronce, pequeñas figuras que se hacían como ofrendas y que representaban a divinidades, qué sagrado y qué mágico era todo en el tiempo de los íberos. Olivia se queda sorprendida al ver algunos de los juguetes que usaban los niños íberos, sonajeros, canicas, trabas, cuencos… Ellos también jugaban. Poco a poco se siente más cerca y más conectada con aquella enigmática cultura.
El príncipe, la dama, la diosa, el héroe, en el museo pueden verlos a todos, saber cómo vestían. Sus armaduras, sus cajas de música, sus cráteras. A Olivia no le gusta mucho hablar en público pero se muere de ganas por preguntar cómo han conseguido todo eso, cómo saben tanto de una sociedad que vivió hace más dos mil años. Por suerte, se lo cuentan antes de que encuentre el valor de preguntarlo: la Arqueología. Resulta que todas esas piezas han sido halladas bajo tierra, muchas estaban rotas en pedazos y tuvieron que encontrarlos y averiguar cómo unirlos para crear objetos, y luego estudiar esos objetos para saber qué uso tenían, así como investigar el entorno en el que vivían los íberos para saber qué materiales podían extraer de la naturaleza o qué frutas y verduras podían cultivar. A Olivia le parece un trabajo precioso, quizá de mayor se atreva a ser arqueóloga.
El tiempo ha pasado muy rápido y emprenden el camino de vuelta al colegio. Olivia no quiere que el día termine, ojalá todos los días de clase fueran igual que ese, ojalá vuelvan pronto al tiempo de los íberos.